Tu cuerpo te habla: ¿estás escuchando?
Más allá de los síntomas, una mirada integral a la salud de la mujer.
En mi consulta suelo utilizar una comparación muy sencilla: imagina que tu cuerpo es como un coche.
Cuando algo empieza a funcionar mal, el cuadro de mandos puede encender una luz naranja. No significa necesariamente que exista una avería grave, pero sí que algo requiere atención. Probablemente no ignorarías esa señal ni seguirías conduciendo indefinidamente sin averiguar qué está ocurriendo.
Si continúas ignorándola, el problema podría agravarse y acabar encendiéndose una luz roja. En ese momento, quizá ya no puedas permitirte posponer la actuación.
Nuestro cuerpo también tiene sus propios sistemas de alerta.
Los cambios en el ciclo menstrual, las infecciones urinarias recurrentes, el cansancio persistente, los problemas digestivos, el dolor pélvico, las alteraciones del sueño o los cambios en la piel pueden proporcionarnos información clínica valiosa.
Por supuesto, no todos los síntomas indican una enfermedad ni todas las enfermedades pueden prevenirse identificando señales tempranas. Sin embargo, los síntomas merecen atención, no ser normalizados ni ignorados.
A menudo animo a mis pacientes a ir más allá del problema inmediato y hacerse una pregunta diferente:
¿Por qué está ocurriendo esto?
¿Por qué algunas mujeres sufren infecciones urinarias recurrentes mientras que otras nunca han tenido una? ¿Por qué unas desarrollan endometriosis, otras miomas uterinos y otras cáncer de ovario? ¿Por qué algunas mujeres experimentan síntomas hormonales muy intensos durante la perimenopausia mientras que otras apenas perciben cambios?
La genética desempeña un papel importante, pero no lo explica todo. Nuestra salud está influida por una compleja interacción entre las hormonas, el metabolismo, el sistema inmunitario, la genética, el microbioma, los factores ambientales, el estilo de vida y el envejecimiento.
Incluso el cáncer, que a menudo asociamos con la predisposición hereditaria, se desarrolla con frecuencia a través de alteraciones genéticas adquiridas a lo largo de la vida. Todavía tenemos mucho que aprender sobre por qué se producen estos cambios y por qué algunas personas son más susceptibles que otras.
También creo que, en medicina, no deberíamos centrarnos únicamente en identificar los síntomas, sino en comprender cómo afectan a nuestra vida y qué puede estar contribuyendo a ellos.
Pensemos en algo tan habitual como un dolor de cabeza. Nuestra primera reacción suele ser tomar un analgésico para poder continuar con nuestro día. Y aliviar el dolor es perfectamente válido. Pero ¿nos hemos preguntado si estamos durmiendo lo suficiente, si vivimos bajo demasiado estrés o si nuestro cuerpo necesita descansar?
Vivimos en una sociedad en la que siempre parece que tenemos que seguir adelante. Trabajamos, cumplimos obligaciones y buscamos soluciones rápidas. Muchas veces conseguimos silenciar el síntoma sin detenernos a comprender qué puede haber detrás.
Por eso creo que la salud de la mujer debe ir más allá de simplemente eliminar o suprimir los síntomas.
Tratar los síntomas es importante. Investigar los cambios persistentes o preocupantes es fundamental. Pero también debemos considerar el conjunto: el equilibrio hormonal, la salud metabólica, la inflamación, la función inmunitaria, los factores ambientales y otros posibles elementos que pueden estar contribuyendo al problema.
Esto no significa que todas las enfermedades tengan un significado emocional oculto ni que las mujeres sean responsables de desarrollar una enfermedad. Significa reconocer que el cuerpo humano es un sistema complejo y que comprender los factores que influyen en su funcionamiento nos permite tomar mejores decisiones clínicas.
Mi enfoque consiste en mirar a la mujer en su conjunto, no únicamente a un síntoma aislado o a un diagnóstico.
Porque la medicina no debería limitarse a preguntar qué está pasando.
También debería preguntarse por qué está pasando.
No esperes a que se encienda la luz roja para empezar a escuchar a tu cuerpo.




